Cuando se habla del rol que tendrá que jugar una organización en la solución de una problemática futura, no es conveniente hacerlo en el marco de las condiciones que predominan en el presente o que han predominado en el pasado. Cuando ello ocurre, se corre el riesgo de encontrar organismos que, a veces muy bien dotados, les toca actuar en el momento y en el lugar equivocados y resolver problemas que ya no existen o que fueron importantes en el pasado pero no actualmente. El futuro, imprevisible y cargado de incertidumbres, debe inevitablemente ser considerado en este tipo de análisis.
Una metodología predominante para analizar el futuro consiste en trabajar sobre escenarios hipotéticos de mayor probabilidad, a partir de una proyección estadística de las tendencias actuales. Nada garantiza la constancia de una tendencia en el tiempo, pero algunas de ellas se proyectan con una fuerza tal que hacen improbable su reversión. Con este criterio lógico y con las limitaciones del caso, se tratará de visualizar escenarios de alta probabilidad para los próximos 20-30 años, que pueden afectar el uso futuro de las tierras. Se hará a partir del análisis de algunos factores dominantes de cambio instalados con llamativa fuerza en los tiempos actuales. Ellos son profusamente tratados en la bibliografía y se han popularizado a través de los medios de comunicación. El orden en que se los trata no guarda relación con el peso relativo que pueden tener en la definición del futuro probable. Por razones temáticas, el primero que se considera hace referencia a la valorización creciente que la comunidad internacional está dando a los bienes ambientales. La Cumbre de la Tierra de Río de Janeiro en 1992 marca el inicio de una nueva era en la cual la preservación del ambiente y los recursos naturales pasa a ser un compromiso internacional. Los cambios que se han gestado en les últimas tres décadas están llevando a una sustitución de paradigmas. La visión productivista a ultranza que se impuso en la post-guerra (Revolución Verde)-que produjo una verdadera explosión de los rendimientos pero que descuidó el ambiente-,está siendo desplazada por una visión ambientalista de la producción (Agricultura Sustentable) en la cual los sistemas de producción que se utilicen deberán ser compatibles con la preservación de los recursos naturales y la calidad del ambiente. Ninguna organización de investigación y tecnología agropecuaria será viable en el futuro si le da la espalda a los problemas del ambiente. En materia ambiental, las presiones internacionales se harán sentir con más fuerza en los próximos años, y los recursos económicos que se canalizarán en este sentido crecerán seguramente en magnitud.
Una segunda dirección de cambios es la globalización de procesos, principalmente los ambientales y los económicos. Problemáticas que antes se focalizaban y resolvían localmente, dentro de fronteras definidas, hoy se han globalizado a todo el planeta. Algunos ejemplos son el cambio climático global que ocurre presumiblemente a partir del “efecto invernadero”, la destrucción de la capa de ozono, la pérdida de identidad nacional de los capitales que circulan por el mundo, las cadenas y redes internacionales de comunicación masiva, el levantamiento de información planetaria a partir de la tecnología satelizaría, etc. Los cambios que ocurren y pueden ocurrir con el clima tendrán incidencia directa sobre la agricultura mundial, y deberán ser motivo de estudio por los organismos de ciencia y tecnología agropecuaria (Jaegger, 1988). Datos recientes relativos a la pampa semiárida (Fillippín, Viglizzo y Pordomingo, 1993), muestran una desde la década de 1960 y los cambios sufridos en los patrones regionales dernso de la tierra. Anteponerse a la clásica noción de ventaja comparativa que impusiera Ada naturales estratégicos (metales, combustibles fósiles, tierras fértiles, etc.) era la diferencias de desarrollo. Desde la década de 1960 comienzan a crecer a tasas basaban su desarrollo económico en industrias que son intensivas en el uso de información, conocimientos y tecnologías. La posesión de estos bienes, fundada en las capacidades y capacitación de los recursos humanos, genera lo que hoy se denomina ventaja competitiva. La dinámica económica que imponen las industrias del conocimiento surge de una capacidad permanente y de los recursos humanos para generar innovaciones que, en períodos cada vez más cortos, desplazan a otras innovaciones que hasta ese momento se habían adueñado de parcelas estratégicas del mercado. Japón es, seguramente, el caso paradigmático de una nación que creció generando ventajas competitivas (Toffler,1990; Thurow, 1992; Reich, 1992). Atado a esta noción de ventaja competitiva ocurre un cambio en la fuente de poder que define la relación de fuerzas entre las naciones del mundo (Toffler,1990). Mientras durante décadas el poder de una nación estuvo apoyado en la fuerza de su economía y en su potencial bélico, particularmente durante la llamada Guerra Fría, en las décadas de 1970 y 1980 el centro de gravedad comienza a desplazarse hacia países que potencian sus economías a través de industrias intensivas en el uso de conocimientos e innovaciones tecnológicas. Esta tendencia se intensificará en los próximos años, más aún si se tiene en cuenta que a partir de la caída del muro de Berlín y la disgregación de la Unión Soviética, comienza a gestarse un nuevo orden mundial caracterizado por la fractura de bloques ideológicos (Este-Oeste, Norte-Sur).y un reordenamiento de los países en bloques económicos (Unión Europea, NAFTA, Mercosur, etc.). Si la economía y no la ideología va a regir el mundo, las naciones que apoyen su crecimiento en la innovación tecnológica y el dominio de los mercados, seguramente regularán la marcha de las restantes. Esto hace inferir que la noción de competitividad va a marcar las próximas décadas, y que la competitividad no será solamente un elemento de supervivencia para las corporaciones empresariales, sino también para otro tipo de instituciones, como las científicas y tecnológicas, que deben crear conocimientos y tecnologías. Ligada al concepto de competitividad se va delineando una tendencia que se acentúa con el tiempo: la apropiación del conocimiento científico y su venta notorio en el campo de las altas tecnologías (la biotecnología, la electrónica, el tratamiento de un bien público que, en general, se genera y difunde libremente entre quienes querían o necesitaban acceder a él. Hoy la situación ha cambiado; cada vez son más las innovaciones que se patentan y luego sus productos se comercializan. Esto ha llevado a revisar el rol de los organismos de ciencia y tecnología, y a plantear hasta qué punto los conocimientos y las innovaciones que ellos generan deben ser de acceso libre y gratuito. No obstante, para los organismos de tecnología agropecuaria esto puede ser posible en la producción de tecnologías de insumos (semillas, agroquímicos, maquinarias, etc.), pero no tanto en la de tecnologías de procesos (manejo de recursos naturales y otros recursos económicos) que están basadas en la administración de información y conocimientos abstractos.
Si existe un área del conocimiento de difícil apropiación, seguramente se da en el campo del manejo de los recursos naturales y el ambiente. Claramente, el conocimiento generado en este campo no puede menos que ser un bien común al que debe acceder toda la comunidad internacional. Para ello, la generación de conocimiento y tecnología ambientales seguramente va a ser estimulada mediante subsidios crecientes. Los organismos que mejor sepan adaptarse y responder a las demandas de información ambiental, seguramente lograrán en los próximos años una ventaja competitiva que los alejará de quienes no logren hacerlo.
Finalmente, una tendencia definida se va incorporando en el campo de la capacitación de los recursos humanos (base y sustento de las ventajas competitivas que puede poseer una nación o una organización). Mientras los modelos educativos del pasado fueron fuertemente cartesianos, desagregados en disciplinas estancas, acotados en el tiempo, y orientados más a la aplicación de recetas y fórmulas que a la solución de problemas, los modelos actuales llevan un sentido distinto. La complejidad de los problemas a resolver, la cantidad de variables en juego, y las múltiples interacciones entre ellas, obligan a explorar nuevos campos científicos que emergen como resultado a una convergencia de disciplinas que se cruzan. Es así como aparecen nuevos modelos de educación transdisciplinarios, que integran conocimientos de distintas disciplinas, y se renuevan en un proceso de capacitación permanente no acotado ni limitado en tiempo. En ellos se valoran mucho más los procesos deductivos dirigidos a la solución de problemas reales, que los procesos inductivos basados en “verdades relativas” y que culminan en la aplicación de recetas estandarizadas. El manejo sustentable de los recursos naturales y el ambiente, con todas sus posibles variantes geográficas, inevitablemente demanda recursos humanos capacitados para abordar problemas de alta complejidad, de fuerte agregación disciplinaria y capacidad de abstracción.


