Los fenomenales cambios que se viven en la evolución política, económica y social plante en un período de fuerte transición en la agricultura y consecuente-mente en los desafíos que enfrentan los Institutos Nacionales de Investigación Agrícola (INIAs). Los cambios son tan grandes y continuados que quizás hacen de la transición un estado permanente al que debamos adaptarnos con estructuras institucionales mucho más flexibles y dinámicas que las que heredamos. La sustentabilidad concebida como una relación de largo plazo entre el ser humano y la naturaleza se ha instalado como un reto impostergable para nuestras sociedades, y el tema del uso de tierras, que nos convoca en esta reunión, es su capítulo más importante para la producción agrícola. La mayor parte de las grandes problemáticas en el uso del territorio se derivan de su uso productivo con tecnologías que no contemplan su preservación. Por lo tanto, a los INIAs les cabe una responsabilidad directa y no deben evadir el liderazgo para la implementación de sus soluciones.
A nadie escapa que los problemas y las potencialidades del uso de tierras no se detienen en las fronteras políticas. La integración política y económica regional a la que asistimos con la formación del MERCOSUR debe fortalecer la capacidad de integración en muchas otras dimensiones. El uso del territorio para los espacios agroecológicos que compartimos deberá desarrollarse también con proyectos integrados y en esa tarea hemos hecho muy poco. Para el abordaje de este tema, se tienen muchas más incertidumbres que seguridades, pues en un terreno tan complejo y cambiante no vale simplemente proyectar nuestras experiencias hacia el futuro. Por consiguiente, aquí se plantean algunas de los muchos interrogantes que debemos compartir en la óptica de la conducción de un instituto de investigación. Develarlos será una tarea continua y compleja que permitirá ir anticipando y corrigiendo el rumbo de nuestra actividad.
ANTECEDENTES muchos rasgos comunes en su enfoque de la tecnología agrícola, desde su transferir y adaptar las emergentes tecnologías agrícolas de los países desarmo numerosos Servicios de Extensión Agrícola. Ya a comienzos de los años sesenta se reconoció la necesidad de adaptar la tecnología a las condiciones locales Luego de un periodo inicial, en que ese tipo de investigación quedó en manos de unidades de investigación en los Ministerios de Agricultura, pasó en muchos países a Institutos semiautónomos. El primero de esos Institutos fue precisamente el INTA en Argentina, fundado en 1957. Durante las décadas del 60 y 70 la descentralización y autonomía tuvieron un cariz esencialmente administrativo y financiero ya que el Estado lideró la política de reconversión tecnológica de la producción. Esa situación era consecuencia de la ideología dominante que daba al Estado la promoción del desarrollo económico y en donde la tecnología agrícola debía sustancialmente reducir los precios urbanos de la alimentación para reducir la inflación y, en algunos casos. Ayudar a desarrollar la economía mejorando la competitividad de los productos exportables. El objetivo casi exclusivo de la investigación y de sus productos tecnológicos era la productividad. Debe admitirse que el modelo fue exitoso y que los incrementos de productividad de los grandes rubros fueron muy altos a pesar de ausencia de protección y de algunas políticas que discriminaron contra la agricultura en beneficio de otros sectores.
Asimismo, debe reconocerse que tempranamente los Servicios de Extensión Agrícola desaparecieron o soportaron crisis crónicas. Ese fracaso no es ajeno a que las tecnologías disponibles no fueron un instrumento eficaz para mantener y desarrollar a los pequeños agricultores dentro del modelo de crecimiento de la productividad. Precisamente en esos sistemas de producción es donde se observan las situaciones más críticas en uso de tierras y conservación del recurso. El modelo de producción general no dejó de ser intensivo en el uso de recursos naturales y escasamente la temática de la erosión figuraba en el inventario de los proyectos tecnológicos.
Desde fines de los años 70 y durante la década de los 80 comienzan a visualizarse diversos cambios, asociados a la apertura de las economías, que desembocan en el siguiente escenario de demanda de tecnología en el que actualmente los INIAs se tienen que desempeñar:
– Continúa la presión por incrementos en la productividad.
– La demanda de los sectores urbanos y los mercados desarrollados se diversificó en gran variedad de nuevos productos y en pluralidad de nuevos sistemas productivos que atender.
-Emerge la demanda principalmente en productos exportables-de calidad que requiere tecnología en el sistema productivo, de procesos y mercadeo
– Preocupación creciente por la preservación de los recursos naturales con sistemas de producción sustentables.
– Disminuyen las oportunidades en áreas de tecnología apropiable porque las ocupa rápidamente el sector privado.
En resumen, se aprecia que crece la demanda por tecnología, pero ella es mucho más diversificada y obliga a conciliar objetivos tecnológicos múltiples-muchas veces en conflicto-para que la tecnología sea viable. La demanda por tecnología también crece porque no solo existe una mayor conciencia social acerca del rol de la tecnología como factor estratégico de desarrollo, sino porque en muchas de nuestras economías la agricultura está llamada a desempeñar un rol central en el modelo económico. Las políticas macro-económicas tienden a no discriminar contra la agricultura y lentamente, aunque consistentemente los subsidios en las economías desarrolladas probablemente declinen. A esa percepción económica, se agrega que el Cono Sur de Latinoamérica dispone privilegiadamente de una de las reservas de tierras y clima más productivos, con quizás la única frontera agrícola del mundo con posibilidad de crecimiento significativo.


